Pásele pásele
Fui a comer con Beto.
Sí, otro Beto. Hay muchos Betos en este mundo (demasiados)
Después de atascarme un ramen entero, fuimos al obligado café: dos lattes sin complicaciones para una tarde calurosa de mayo ahí en Santa Tere.
Beto, o Maestro Beto para mí, es de las poquísimas personas que conozco que realmente no se preocupan por pendejadas.
Es decir: no se preocupan por nada.
O al menos, a mí me parece que genuinamente vive con una mente libre.
¿Qué haces cuando tienes una persona así enfrente de ti?
Sacas el exprimidor automático y le metes hasta la cáscara.
Que salga todo el pinche juguito, con todo y grumos, y te lo tomas directo.
Entre gota de sudor, el mal del puerco versión tonkotsu ramen, el latte hirviendo y ese gusanito mental de traer muchos pendientes, de la nada salió una joya:
—Creo yo que quejarte te debilita.
Como si me hubieran puesto un supositorio de sabiduría —incómodo, pero eficaz— se me quitó toda la pesadez y comencé a poner más atención.
—Es cierto —me dice—. Cuando te estás quejando, te estás robando tu propia energía. Además, la queja no soluciona nada.
Chupawwwwww!!
Claro, ya sabía yo —ya sabemos todos— que quejarnos es el deporte nacional mexicano y que es bastante inútil, pero ahhhhh, qué rico se siente.
Como una coquita fría con extra hielo.
Pero rara vez observamos no lo que te da, sino lo que te quita.
Es cierto:
entre más se queja una persona, más débil se va volviendo.
—Y siento —me dice Beto— que el espíritu nunca realmente se queja. Lo que se queja es el ego, esa partesita de nosotros que siempre quiere tener la razón.
Hoy en día, cada vez más, quejarse no solo es bien visto, sino que se promueve activamente.
Por lo tanto, he notado que cada vez más los clientes se quejan más, están más estresados, más irritados. Pareciera que ya nada le complace a nadie..
La tentación es jugar el mismo juego:
quejarme de que los demás se quejan.
Pero ahí está la oportunidad.
Transformar la queja en una visión positiva de cambio.
¿Cómo?
Comprendiendo que aunque nos quejemos, al final todos queremos un final feliz, absolutamente todos.
Y eso, es totalmente mercadeable.
Visualiza que pones un kiosco que diga:
Pásele, pásele, quejas gratis.
Escuchas las quejas de todos…
y lo transformas en un gran negocio.
Porque detrás de casi toda queja, hay un deseo mal expresado.
¿Te imaginas cómo?


sin gpi